1. El agua que mata no es la que sube, es la que corre
Guillermo se amarró a un cableado para alcanzarla. El 10 de septiembre de 2025, en la zona sur de Monterrey, una conductora había intentado cruzar una calle anegada; la corriente la empujó, él logró sacarla una primera vez, el agua la volvió a arrastrar, él volvió a entrar, el cable cedió. Murieron los dos. Esa misma semana, en el mismo municipio, los cuerpos de emergencia habían rescatado a decenas de personas en autos arrastrados; trabajadores de un taller mecánico sacaron del agua a una familia completa cuyo compacto flotaba calle abajo.
La escena se repite con una regularidad que debería incomodarnos. Querétaro, 22 de agosto de 2025: dos mujeres muertas; una de ellas bajó del coche para ponerse a salvo, la corriente la arrastró y la dejó debajo de su propio vehículo. Cadereyta, Nuevo León, 5 de septiembre de 2022: una camioneta con dos mujeres, un hombre y un menor es arrastrada en el kilómetro 22 de la carretera Allende–Cadereyta; los cuatro mueren ahogados. San Andrés Tuxtla, Veracruz, 2026: un hombre muere al intentar cruzar un arroyo crecido. Chihuahua, junio de 2025: dos menores arrastrados y rescatados por vecinos y personal de emergencia, de milagro.
Cuando hablamos de "muertes por inundación" solemos imaginar casas anegadas y gente en los techos. Los datos oficiales dicen otra cosa. El Centro Nacional de Prevención de Desastres (CENAPRED) clasifica los decesos por inundación en tres mecanismos: ahogamiento por inmersión, arrastre y electrocución. Y en los dos años para los que publicó el desglose completo, el arrastre domina de forma aplastante.
"En 2019 ocurrieron 63 decesos por inundación, entre arrastre por corriente de agua, ahogamiento y electrocutados… Las pérdidas humanas sumaron 63, de las cuales 47 fueron por arrastre." CENAPRED, Catálogo de Inundaciones 2019 (folio F-01)
Cuarenta y siete de sesenta y tres es 74.6 %. En 2021 el patrón se repitió: 57 decesos por arrastre —31 de ellos "asociados directamente a inundaciones" y el resto a cruces de ríos, arroyos y cuerpos de agua crecidos por lluvia— frente a apenas cinco por ahogamiento por inmersión. El propio catálogo explica el mecanismo con una frase que vale un manual entero: las muertes por arrastre ocurren "en su mayoría por intento de cruzar ríos o arroyos crecidos o zonas urbanas inundadas con presencia de velocidades".
Esa última palabra — velocidades — es el corazón de este estudio. El agua quieta inunda; el agua con velocidad arrastra. Y el arrastre no es un fenómeno natural: es el resultado de una decisión humana tomada en segundos, casi siempre con prisa, casi siempre con la convicción de que "no está tan hondo".
2. La física: por qué 15 centímetros son suficientes
El Servicio Meteorológico Nacional de Estados Unidos (NWS) resume décadas de datos forenses en tres cifras que todo bombero conoce de memoria: 15 centímetros(6 pulgadas) de agua en movimiento rápido pueden derribar y arrastrar a un adulto; 30 centímetros hacen flotar un auto compacto y, si el agua se mueve, lo arrastran; 45 a 60 centímetros se llevan la mayoría de los vehículos, incluidas camionetas y SUV grandes. El CDC añade el dato que explica los saldos múltiples: más de la mitad de los ahogamientos relacionados con inundaciones ocurren cuando alguien conduce hacia el agua.
¿Por qué tan poco? Porque dos fuerzas actúan a la vez. La primera es el empuje hidrostático: un auto es una caja casi hermética con mucho volumen y relativamente poco peso; en cuanto el agua cubre el umbral de las puertas, el vehículo desplaza suficiente volumen como para que la flotación supere a la fricción de los neumáticos contra el piso. Ya no está "parado": está flotando, aunque el conductor no lo perciba. La segunda es la fuerza de arrastre, que crece con el cuadrado de la velocidad del agua: duplicar la velocidad cuadruplica el empuje lateral. Una corriente urbana de 2 m/s sobre 30 cm de tirante ejerce sobre el costado de un sedán más de media tonelada de empuje horizontal. Ningún freno de mano resiste eso.
Para una persona a pie la mecánica es peor. El agua turbia esconde coladeras abiertas, baches y el bordo de la banqueta; el pie busca apoyo y no lo encuentra; con el centro de gravedad desplazado, 15 cm de agua a 2 m/s producen suficiente par de volteo para tirar a un hombre de 80 kg. Y una vez en el suelo, la corriente lo lleva hacia donde el agua acelera: alcantarillas, pasos a desnivel, cauces entubados. Por eso tantas víctimas aparecen kilómetros abajo, días después.
3. La escala del problema: lo que sí sabemos
México no tiene una serie estadística continua de personas arrastradas. Tiene fragmentos, y conviene leerlos con honestidad sobre sus límites. El primer fragmento es la serie de muertes por lluvias e inundaciones del informe anual Impacto Socioeconómico de los Principales Desastres de CENAPRED. Según la compilación de la Secretaría de Salud y CENAPRED presentada ante el Senado en julio de 2025, entre 2010 y 2023 murieron 659 personas por lluvias e inundaciones, con 2010 como año más letal (100 decesos) seguido de 2011 (85). El informe de 2011 ya apuntaba el mecanismo: "al menos 33 personas perdieron la vida al ser arrastrados en el intento de atravesar corrientes de agua".
La serie tiene valles que engañan. En 2023 CENAPRED atribuyó solo cinco muertes a "lluvias e inundaciones", pero ese mismo año el huracán Otis mató a 52 personas en Acapulco y las temperaturas extremas se llevaron la mayoría de las 514 defunciones hidrometeorológicas. Es decir, el agua que corre siguió matando, pero contabilizada bajo "ciclón tropical". Lo mismo ocurre con 2025: el temporal del 7 al 11 de octubre dejó 84 muertos y 17 desaparecidos en Hidalgo, Puebla, Veracruz, Querétaro y San Luis Potosí; buena parte por deslaves, otra parte —la que nadie ha desglosado— por arrastre en ríos y arroyos desbordados.
El segundo fragmento es más fino y más útil: el Catálogo de Inundaciones que la Subdirección de Riesgos por Inundación de CENAPRED compila desde 2015 a partir de los reportes del CENACOM (Centro Nacional de Comunicaciones de Protección Civil) y de CONAGUA. Ahí sí se separa el mecanismo de muerte. Es el único lugar donde el Estado mexicano cuenta, con nombre de municipio, a sus arrastrados.
En 2022 el catálogo dejó de publicar un total anual y reportó por mes: 12 decesos en junio (nueve ligados al huracán Agatha , en Chiapas, Nuevo León y Oaxaca), uno en julio en San Felipe Jalapa de Díaz, Oaxaca, once en agosto, 20 en septiembre —uno en Chiapas, uno en Colima, tres en Durango, cuatro en Estado de México, seis en Guerrero, cuatro en Nuevo León(la camioneta de Cadereyta) y uno en Sinaloa— y dos más en Baja California. Son al menos 46 personas arrastradas documentadas, en un año que CENAPRED consideró "el décimo más bajo" en defunciones por desastre.
El tercer fragmento es el contexto: el peso de lo hidrometeorológico en la mortalidad por desastres. En 2022 fueron 123 de 496 muertes (25 %); en 2023, 514 de 984 (52.2 %); en 2024, 65 % de 633. Los desastres por agua y temperatura no son una anomalía en México: son la regla.
4. Geografía del arrastre: la ciudad es el cauce
Hay una idea heredada de que el arrastre es un riesgo rural: el campesino que cruza el río, la comunidad incomunicada. Los datos dicen lo contrario. En 2021, los tres estados con más eventos de inundación fueron Ciudad de México (202), Veracruz (163) y Estado de México (118); los municipios con más registros fueron Gustavo A. Madero (27), Iztapalapa (22) y Zapopan (20). En julio de ese año, 20.8 % de todas las inundaciones del país ocurrieron en Jalisco, concentradas en la zona metropolitana de Guadalajara. CENAPRED lo atribuye a "la urbanización de la cuenca, mala planeación urbana, deficiente ordenamiento territorial, lluvias intensas y disminución en la capacidad de drenaje".
La ciudad convierte la lluvia en corriente por diseño. Una colonia construida sobre un arroyo entubado tiene calles que son el cauce cuando el tubo se satura. Un paso a desnivel es una presa invertida: concentra el agua de toda la cuenca urbana aguas arriba en un punto donde el conductor no puede ver el fondo. Y un vado carretero —esos tramos donde el camino cruza el lecho de un arroyo seco once meses al año— es, estadísticamente, el lugar más peligroso de México en un día de lluvia: ahí murieron las víctimas de Cadereyta, ahí murió el hombre de San Andrés Tuxtla, ahí se originó buena parte de los 33 arrastrados de 2011.
Nuevo León merece un párrafo propio, porque su geografía es un caso de libro. La Sierra Madre Oriental cae casi en vertical sobre la zona metropolitana de Monterrey; cuando un ciclón del Golfo descarga sobre la montaña, el agua llega al valle en horas con velocidades torrenciales. El río Santa Catarina, seco casi todo el año, es un canal de alivio de 150 metros de ancho que la ciudad ha ocupado una y otra vez con mercados, juegos mecánicos, canchas y avenidas. En 2023 Nuevo León concentró 20.2 % de las defunciones por desastres naturales del país (la mayoría por calor), y en septiembre de 2022 registró 25 eventos de inundación, el segundo estado del mes.
5. Cuándo: el calendario del riesgo
Si hay un mes para repensar la logística de una empresa, es septiembre. El Catálogo de Inundaciones de CENAPRED construyó la serie de eventos de septiembre para 2015–2021: 105, 69, 72, 151, 210, 194 y 241. Más del doble en seis años, y eso en 2021, un septiembre de "baja actividad ciclónica" según el propio informe. Agosto y junio ocupan el segundo y tercer lugar, impulsados por la entrada de humedad de ciclones tropicales de ambos océanos. En 2021 junio tuvo 243 eventos y agosto 246.
Dentro del mes, la hora también importa. Los arrastres mortales se concentran en dos franjas: la tarde-noche, cuando las tormentas convectivas descargan sobre las ciudades justo en la hora de salida del trabajo, y la madrugada, cuando la gente cruza vados a oscuras rumbo al primer turno. No es casualidad que las víctimas de Cadereyta murieran "esta mañana" tras lluvias "entre el domingo por la tarde y la madrugada del lunes": iban saliendo. Y en las ciudades del norte, el 2026 agregó un factor: la saturación del suelo. La CNPC advirtió en agosto que "la permeabilidad de los suelos ha disminuido de manera significativa" tras semanas de lluvia acumulada, lo que convierte cualquier aguacero moderado en escurrimiento inmediato.
6. Anatomía de una muerte por arrastre
Como bombero, he visto el patrón las suficientes veces para describirlo por etapas. Entenderlo es la única forma de interrumpirlo.
- La subestimación. El agua parece poco profunda. El conductor ve que "otro ya pasó" (que pasó cinco minutos antes, con 10 cm menos de tirante). La lluvia sigue cayendo y el nivel sube centímetros por minuto, pero la percepción es estática.
- La pérdida de control. Con 15 cm el agua alcanza el bajo del auto y empieza a empujar; con 30 cm las llantas pierden adherencia. El motor se apaga por el agua en la admisión. Ahora el vehículo es una balsa de 1 300 kg sin dirección.
- La decisión equivocada. El instinto es quedarse dentro "donde está seco" o, peor, abrir la puerta. La puerta no abre contra 30 cm de presión de agua; si abre, el agua entra de golpe y el auto se hunde o vuelca. En Querétaro la víctima sí logró salir; la corriente la metió debajo de su propio coche.
- El rescatista improvisado. Un familiar, un vecino, un policía entra al agua sin cuerda, sin chaleco, sin punto de anclaje. En Monterrey 1988 murieron seis policías intentando sacar a los pasajeros de los autobuses; en Monterrey 2025, Guillermo. El segundo cuerpo es casi una constante.
- La aceleración. La corriente lleva a la víctima hacia donde el agua corre más rápido: alcantarillas, pasos bajo puentes, el cauce entubado. Es ahí donde se producen los traumatismos y la inmersión definitiva.
Cada etapa tiene un punto de interrupción barato: una barrera física en el vado, una política de "no cruzar" en la empresa, un chaleco y una cuerda de 30 metros en la patrulla, un entrenamiento de 2 horas sobre cómo salir de un auto que flota (cinturón, ventana, techo; nunca la puerta). Ninguna requiere presupuesto de obra hidráulica.
7. Historia: los tres arrastres que definieron la protección civil del norte
La protección civil mexicana nació de un sismo, pero la del noreste nació de un río. El 17 de septiembre de 1988 las lluvias remanentes del huracán Gilberto convirtieron el Santa Catarina en un torrente de tres metros de profundidad y 45 metros de ancho; cinco autobuses que habían sido desviados hacia Morones Prieto fueron arrastrados a la altura de Miravalle con alrededor de 150 personas a bordo. Seis policías murieron en el intento de rescate. El saldo total del huracán en México fue de 202 muertos; la cifra regia se estima en unos 200. De esa noche salieron los comités municipales de protección civil y, dieciséis años después, la presa Rompepicos (2004, 580 millones de pesos).
El 1 de julio de 2010 el huracán Alex descargó hasta 820 mm en tres días sobre la zona metropolitana —más que la lluvia de un año—. Al menos 15 personas murieron en Nuevo León; las primeras dos víctimas en Monterrey fueron un hombre aplastado por una barda y otro "arrastrado por la fuerza del agua de un río desbordado". Docenas de vehículos terminaron en los cauces, pero Rompepicos cumplió: el Santa Catarina se desbordó sin repetir 1988. Fue la demostración de que la obra funciona cuando existe.
El 5 de septiembre de 2022 cerró el ciclo con la lección pendiente: la camioneta de Cadereyta. Tras un año de sequía extrema que vació las presas de Monterrey, la primera lluvia intensa encontró a cuatro personas cruzando un vado en la madrugada. No fue un huracán. No fue una tormenta histórica. Fue un arroyo que se llenó, como se llena cada septiembre, y una decisión tomada a oscuras.
8. El vacío estadístico que nos impide prevenir
Un país que no cuenta a sus arrastrados no puede protegerlos. Hoy, para saber cuántas personas murieron por arrastre en 2023, 2024 o 2025 habría que leer uno por uno los boletines del CENACOM y cruzarlos con prensa local, porque el Catálogo de Inundaciones dejó de publicar el total anual y el Impacto Socioeconómico agrupa todo bajo "lluvias e inundaciones" o lo atribuye al ciclón del año. El INEGI, por su parte, codifica estas muertes bajo causas externas (ahogamiento accidental, "víctima de inundación") sin distinguir si la persona iba a pie o en vehículo, ni si cruzaba por voluntad o fue alcanzada.
Hay un contraste útil. La Dirección General de Protección Civil de España publica una serie anual de fallecidos por inundación desde 2000; el NWS estadounidense desglosa cada muerte por inundación en "vehículo", "a pie", "en edificio" y las publica por estado desde hace décadas. Esa granularidad es la que permite afirmar que más de la mitad de las muertes ocurren en autos y diseñar, a partir de ahí, la campaña Turn Around Don't Drown. México tiene el insumo —el catálogo de CENAPRED lo demuestra— pero no la continuidad.
9. Lo que esto significa para las empresas: el arrastre es un riesgo de trabajo
Aquí es donde este estudio deja de ser periodismo de datos y se vuelve cumplimiento. El artículo 474 de la Ley Federal del Trabajo define el accidente de trabajo e incluye expresamente "los accidentes que se produzcan al trasladarse el trabajador directamente de su domicilio al lugar del trabajo y de éste a aquél". Un operador arrastrado en el vado rumbo a la planta a las 5:40 de la mañana es, jurídicamente, un riesgo de trabajo: genera incapacidad o indemnización por muerte a cargo del IMSS, se registra en la siniestralidad de la empresa y puede modificar su prima de riesgo. Si además iba en vehículo de la empresa, en ruta de personal o en comisión, la responsabilidad patronal es directa.
La NOM-030-STPS-2009 obliga a todo centro de trabajo a elaborar un diagnóstico de seguridad y salud que identifique los agentes y condiciones peligrosas, incluidas las del entorno; un centro de trabajo cuya única vía de acceso cruza un arroyo, o cuyo turno nocturno sale a la hora de las tormentas convectivas, tiene un peligro identificable y omitido. La NOM-002-STPS-2010 exige un plan de atención a emergencias que, aunque nace para incendios, es el instrumento donde la propia STPS espera ver los procedimientos ante fenómenos hidrometeorológicos cuando el diagnóstico los identifica. Y el artículo 132 fracción XVI de la LFT obliga al patrón a instalar y operar los centros de trabajo conforme a las disposiciones de seguridad para prevenir riesgos y "garantizar la vida" de los trabajadores.
¿Qué hace una inspección cuando encuentra que el riesgo de arrastre no está en el diagnóstico ni en el plan? Aplica el artículo 994 fracción V de la LFT: multa de 250 a 5 000 veces la UMA por incumplir las normas de seguridad e higiene. Con la UMA 2026 de $117.31 (DOF 09/01/2026), eso significa entre $29 327.50 y $586 550 pesos por centro de trabajo, por omisión. Es más barato un protocolo.
Protocolo mínimo de arrastre para una empresa (checklist SafetyISAB)
- Mapa de cruces críticos: identificar cada vado, paso a desnivel y calle con historial de inundación en las rutas de personal y de distribución. CENAPRED publica los municipios recurrentes; el resto lo sabe cualquier chofer con tres años en la ruta.
- Regla de suspensión: con alerta naranja o roja de Protección Civil estatal, las rutas de transporte de personal no cruzan vados, punto. El criterio lo fija el plan, no el conductor bajo presión del turno.
- Política escrita de "no cruzar": en el reglamento interior y en la inducción. Prohibido conducir vehículos de la empresa por agua en movimiento, con sanción disciplinaria y sin represalia por llegar tarde al reportarse.
- Comunicación activa: la alerta oficial se reenvía a toda la plantilla por el canal interno antes de la hora de salida. El trabajador que decide quedarse en planta una hora más por lluvia no debe perder el día.
- Entrenamiento de 2 horas: física del agua, cómo salir de un auto que flota, por qué no entrar a rescatar a nadie sin equipo. Puede impartirse dentro del programa anual de capacitación (DC-3).
- Brigada con capacidad de rescate en corrientes básico: cuerda flotante de 30 m, chalecos tipo III, casco, y la regla de alcanzar–lanzar–remar–ir (reach, throw, row, go). El "ir" es el último recurso y solo para personal entrenado.
- Registro: cada "casi arrastre" reportado se documenta como incidente, se investiga y alimenta el mapa de cruces. Lo que no se registra, se repite.
10. Qué hacer si el agua te alcanza
Para cerrar, lo que enseño en cada curso, sin adornos:
- Antes: si el agua cubre la banqueta, da vuelta. Busca una ruta alterna aunque tome 40 minutos más. Ninguna junta vale esto.
- Si el auto se apaga en agua que aún no sube por las puertas: sal de inmediato, por el lado de donde viene el agua (para que la corriente no te arroje contra el vehículo), y camina a terreno alto. No intentes rescatar el coche.
- Si el auto flota o es arrastrado: cinturón, ventana, techo. Suelta el cinturón, baja o rompe la ventana lateral (no el parabrisas, no la puerta), sal por ella y súbete al techo. Desde ahí, espera o salta hacia donde el agua esté más calmada, nunca aguas abajo hacia una estructura.
- Si eres arrastrado a pie: boca arriba, pies por delante, brazos abiertos para flotar y frenar. Usa los pies para rechazar obstáculos. Busca la orilla en diagonal, nunca contra la corriente. Aléjate de coladeras y de cualquier punto donde el agua "se hunda".
- Si ves a alguien arrastrado: llama al 911, grita indicaciones, lanza cualquier cosa que flote. No entres. El segundo cuerpo no salva al primero.
Quince centímetros. Esa es toda la distancia entre llegar a casa y aparecer en el boletín del CENACOM. México no necesita otra presa para dejar de morir en los vados; necesita contar a sus muertos, escribirlo en los planes de emergencia y, sobre todo, aprender a dar la vuelta.